Marcos 15 es el camino del juicio a la cruz. No es un capítulo para leer con prisa. Aquí todo se siente injusto y, a la vez, inevitable: Jesús es llevado a Pilato, acusado, burlado, azotado, condenado. Barrabás es soltado, Jesús es entregado. Los soldados lo visten de rey para reírse, lo golpean, lo escupen. Luego lo sacan a Gólgota, lo clavan, reparten sus ropas, se burlan otra vez, y el cielo se oscurece. Marcos narra la crucifixión con sobriedad: pocas palabras, mucho peso. Y en medio de la muerte, algo se rompe: el velo del templo se rasga. Un centurión romano mira y confiesa: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. La muerte de Jesús no es accidente; es el punto donde el Reino se abre paso.

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