Marcos 11 cambia el aire. Ya no es solo camino; es llegada. Jesús entra a Jerusalén y la ciudad se agita. Hay ramas, mantos, gritos de “¡Hosanna!”, pero también hay una tensión que Marcos deja sentir: Jesús mira el templo… y se va. Al día siguiente, una higuera sin fruto se convierte en señal, y el templo —el centro religioso— se convierte en escenario de confrontación: Jesús voltea mesas, expulsa comerciantes y declara que la casa de Dios debía ser casa de oración para todas las naciones. Los líderes ya no solo murmuran; buscan cómo destruirlo. Y el capítulo termina con una lección extraña y poderosa: fe como árbol, oración como confianza, y perdón como requisito del corazón.

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