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Los fuegos que no se apagaron
El 4 de octubre de 1986, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota publicaron Oktubre, su segundo disco de estudio.
No era un debut: Gulp! había salido el año anterior, grabado en pocas horas, con el aire de un grupo del under platense que por fin se dejaba registrar.
Oktubre es otra cosa. Dura cuarenta y un minutos, tiene nueve canciones y suena como si alguien hubiera apagado las luces de la fiesta democrática y dejado encendida solo la del pasillo.
Argentina llevaba tres años de gobierno de Raúl Alfonsín. La dictadura había terminado, pero el optimismo de 1983 ya se gastaba.
Afuera, la Guerra Fría seguía en pie. Adentro, el rock empezaba a preguntarse si la libertad recién ganada no era también una trampa.
Lo grabaron entre agosto y septiembre de 1986 en los Estudios Panda, en Floresta, con Osvel Costa a la consola.
La formación era la de entonces: Carlos Solari, el Indio, en la voz; Eduardo Beilinson, Skay, en la guitarra; Tito Fargo en la rítmica; Semilla Bucciarelli en el bajo; Piojo Ábalos en la batería; Willy Crook en el saxo. Daniel Melero sumó sintetizadores y Claudio Fernández, percusión.
La producción artística fue de la propia banda; la ejecutiva, de La Negra Poli.
El sello era Wormo, independiente, nacido del grupo MIA.
No había nada detrás.
Rocambole, Ricardo Cohen, armó la tapa en una noche de fernet: multitudes, rojo, negro y gris, una letra invertida que parece cirílico, el Che recortado en un margen y, al dorso, la catedral de La Plata en llamas. El título, con k, es un guiño a la Revolución de Octubre de 1917.
Ojo, no es un disco de adhesión. Es un homenaje oblicuo a las revoluciones y, al mismo tiempo, una desconfianza de lo que queda cuando el fuego se apaga.
El sonido se apartó del blues sucio de Gulp! y se acercó al post-punk y a la new wave: reverb, repetición, climas menores, un saxo que no adorna sino que acecha.
Las letras, todas de Solari y Beilinson, hablan de ciudad, de pastillas, de televisión, de remeras que ya nadie lee, de una risa que no es alegría.
En 2007, la edición argentina de Rolling Stone lo ubicó cuarto entre los cien mejores álbumes del rock argentino. Cuatro décadas después, sigue siendo, para buena parte del público ricotero, el disco.
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Fuegos de Octubre.
El disco no empieza: se abre. Un pulso casi marcial, una guitarra que no consuela, y la sensación de que algo ya está ardiendo afuera.
El tema funciona como prólogo y como tesis.
Los fuegos no son solo los de 1917 ni los de una plaza: son los de una época que cree haber salido de la noche y descubre que el cine que proyectan los que volvieron es de terror.
Hay video de época, tomado de las presentaciones en el Paladium.
Es la puerta. Quien no entra acá, no entiende el resto.
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Luego llega Preso en mi ciudad, una de las mejores entradas al mundo del álbum.
La ciudad no libera: encierra.
El estribillo juega con la idea de estar atrapado en libertad, de un rock que ya casi no llora.
Hay un dardo al pop de los ochenta, vacío de compromiso, y otro al propio rock, domesticado apenas recuperó el derecho a tocar.
El saxo de Crook y el bajo de Semilla sostienen una paranoia urbana que en 1986 era crónica y hoy sigue siendo diagnóstico.
No es una canción de barrio pintoresco. Es un parte de detención.
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Música para pastillas es clara. El título lo dice sin metáfora decorativa: hay una banda sonora para la anestesia.
Pastillas, consumo, una sociedad que se duerme para no mirar. Aquí aparece, con más claridad, la frase que recorre el disco: los buenos volvieron y están rodando cine de terror.
No es nostalgia de la dictadura. Es la sospecha de que el recambio de gobierno no alcanzó para sacar del centro a quienes habían mandado.
Melero tiñe el tema de un frío electrónico.
El resultado es hipnótico y hostil, como una sala de espera que no llama a nadie.
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Semen-Up son cinco minutos de obsesión.
El Indio describe un deseo que raspa, casi demoníaco, una figura que no se alcanza.
Durante años se leyó como alusión a la cocaína de los ochenta; integrantes de la banda desmintieron esa lectura puntual.
Queda, de todos modos, el clima: un erotismo sucio, un funk oscuro, la alfombra como territorio de alguien que ya no distingue bien entre amor y cacería.
Es el tema más carnal de Oktubre y también uno de los más incómodos.
No pide permiso.
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Divina TV Führer es el tema más corto y el más filoso.
El título junta la televisión doméstica con el Führer: la caja boba como autoridad privada.
En 1986 no había redes ni pantallas en el bolsillo, y aun así la intuición es orwelliana.
El arreglo se permite un aire de rockabilly, casi burlón, para decir algo que no es broma.
El living se vuelve cuartel. El noticiero, consigna.
Cuarenta años después, la canción no envejeció: cambió de aparato.
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En Motor Psico el motor no es de un auto. Es de una cabeza que no para.
Hay crisis de fe, desengaño amoroso y una maquinaria que sigue girando aunque el conductor ya no crea en el viaje.
Skay construye un riff que se clava; el Indio recita más que cantar.
En las listas de shows posteriores de la propia banda, Motor Psico suele aparecer entre los temas mayores.
No es un himno de estadio. Es un diagnóstico de fábrica: el sujeto como pieza, el deseo como avería.
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El tema que sacó a Los Redondos del under y los puso, sin que ellos lo pidieran del todo, en la radio.
El inolvidable riff es de Skay.
La risa del título no es festejo: es la risa chata del que ya no distingue el sueño de la vigilia.
No lo soñé, insiste la letra, y esa negación se volvió consigna de cancha.
Se la asoció al consumo de los ochenta, a la paranoia, al cine de serie B.
Todo cabe.
Lo que no cabe es reducirla a un hit.
Ji Ji Ji es el momento en que la oscuridad de Oktubre encuentra una melodía que la multitud puede cantar sin entenderla del todo. Y la canta igual.
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Canción para naufragios es la más larga, seis minutos.
Después de la risa, el hundimiento. El narrador parece un testigo que ya vio el barco irse a pique y se queda en la cubierta contando los restos.
El clima es el más atmosférico del disco: guitarra en capas, saxo como sirena lejana, una calma que no tranquiliza.
Si Fuegos de Octubre abre la puerta, esta canción muestra lo que hay del otro lado cuando el incendio ya pasó y queda el agua.
No hay rescate. Hay inventario.
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Ya nadie va a escuchar tu remera es un cierre con aire de ska y vientos.
La remera, en el rock de los ochenta, era cartel: una frase, una causa, una banda, una forma de entender la vida.
El Indio anuncia que ese cartel ya no se lee. Las consignas impresas en algodón se volvieron moda.
El tema no es nostálgico. Es cruel, y por eso justo.
Después de cuarenta minutos de ciudad, pastillas, televisor y naufragio, la última palabra no es una arenga. Es un aviso: lo que llevás puesto dejó de significar.
El disco se va con ese silencio irónico, no con un puño en alto.
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Oktubre no nació como fenómeno de ventas.
Rocambole contó que la primera tanda, unas siete mil copias, se imprimió a mano, en serigrafía, como se estampan las remeras.
El grupo no tenía sello grande ni productor de peso.
La presentación oficial fue el 18 y el 25 de octubre de 1986 en el Paladium, ante unas mil doscientas personas.
Para esos shows se sumó el tecladista Andrés Teocharidis, quien iba a quedarse, pero murió en un accidente al verano siguiente, y Solari y Beilinson decidieron no reemplazarlo.
El disco, en cambio, se quedó.
Las cifras oficiales son esquivas, como casi todo lo que rodea a una banda que desconfió de la industria. Se habla de una certificación de 120.000 unidades, sin detallar el organismo ni la fecha.
No es el territorio de los millones de un disco de estadio anglosajón.
Es el territorio argentino de los ochenta: vinilo y casete, circuito independiente, reediciones posteriores en CD por Del Cielito y, en 2024, un vinilo nuevo que volvió a venderse como objeto de culto.
El impacto no se mide solo ahí. Ji Ji Ji y Ya nadie va a escuchar tu remera abrieron algo de radio.
La tapa se tatuó, se estampó, se copió.
En 2007, Rolling Stone Argentina lo puso cuarto en su lista de los cien mejores álbumes del rock nacional. Encuestas recientes de oyentes lo siguen eligiendo como el disco favorito de la banda.
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Hay una tentación de leer a Oktubre como afiche de la Revolución de Octubre y nada más.
La tapa invita a eso: masas, cadenas, catedral en llamas, el Che.
La música se resiste. No es un panfleto. Es un clima.
Toma el constructivismo y el post-punk, la Guerra Fría y el living de un departamento de La Plata, y arma una distopia chica, cotidiana, más peligrosa que la épica.
El rock, dice el disco, puede quedar preso en la libertad. La televisión puede ser un führer de entrecasa.
La remera puede dejar de hablar. Esas frases no necesitaron un estadio para volverse ciertas.
Los Redondos después llenarían canchas, se separarían, se volverían mito y disputa.
Oktubre es el momento anterior a esa escala, cuando el mito todavía cabía en cuarenta y un minutos y en una tapa serigrafiada.
Cuatro décadas más tarde, el fuego del título no es nostalgia.
Es una advertencia que la ciudad sigue sin apagar.
Nos despedimos con El Regreso de Mao, una canción compuesta en aquellos días por Los Redondos, que si bien fue tocada muchas veces en vivo, nunca fue grabada por la banda.
Esto fue Oktubre, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en Punto Muerto.