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Sangre, azúcar, sexo, magia
El 24 de septiembre de 1991 coincidieron en las disquerías varios discos que iban a redibujar la década. Uno era Nevermind, de Nirvana. Otro, The Low End Theory, de A Tribe Called Quest.
El tercero, menos esperado como fenómeno planetario, se llamaba Blood Sugar Sex Magik —con k final, a la manera del magick esotérico— y lo firmaban los Red Hot Chili Peppers.
No era su primer álbum: era el quinto. Pero fue el primero en el que la banda dejó de ser un secreto callejero de Los Ángeles y se convirtió en un grupo que llenaba radios, MTV y, muy pronto, estadios.
La formación era la que hoy se considera clásica: Anthony Kiedis en la voz, Flea en el bajo, John Frusciante en la guitarra y Chad Smith en la batería. Venía de Mother’s Milk (1989), un disco más metálico y todavía marcado por la muerte de Hillel Slovak, el guitarrista original, fallecido por sobredosis en 1988. Rick Rubin, que años antes los había rechazado por los problemas de drogas de la banda, aceptó producirlos. En lugar de un estudio convencional, instaló la grabación en una mansión de Laurel Canyon —la que se asocia, con más leyenda que prueba, a Harry Houdini—. Allí vivieron Kiedis y Frusciante durante las sesiones de abril a junio de 1991. Smith se negaba a dormir en la casa: decía que estaba embrujada.
El resultado dura casi setenta y cuatro minutos y diecisiete canciones. Hay funk, rap-rock, baladas acústicas, un cover de Robert Johnson y una odisea sexual de ocho minutos. Las fotos las hizo Gus Van Sant. El disco está dedicado a Mike Watt. Y debajo del desparpajo —el nombre de la banda, los calzoncillos en el escenario, las letras de cama— hay duelo, sobriedad recién conquistada, racismo estadounidense y una ciudad, Los Ángeles, que Kiedis trata a la vez como amante y como herida. Ese cruce es lo que sostiene Blood Sugar Sex Magik cuando el chiste se acaba.
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El disco abre con “The Power of Equality”, un golpe político, no con una fiesta.
Kiedis ataca el racismo, nombra al Ku Klux Klan y saluda a Public Enemy.
El estribillo pregunta qué fue de la humanidad. Flea y Smith empujan como si el tema fuera un mitin y un concierto al mismo tiempo. Poner esta canción primero es una declaración: el cuerpo y la cama vendrán después; primero, el país.
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El título “If You Have to Ask” cita, a su manera, la frase que se atribuye a Louis Armstrong sobre el jazz: si tienes que preguntar qué es, nunca lo sabrás. El groove es puro Chili Peppers de barrio: bajo elástico, guitarra que raspa, Kiedis medio rapeando. Es una canción de actitud más que de argumento.
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“Breaking the Girl” es un cambio de piel. Compás de 6/8, mellotron de Brendan O’Brien y percusión armada con chatarra.
La letra mira a Carmen Hawk, una relación en la que Kiedis (criado por un padre que el definió de “una novia por día”) reconoce que está rompiendo a alguien que no merecía ese daño. Es una de las primeras pruebas de que este disco sabe frenar.
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“Give It Away” fue el primer sencillo y el primer número uno de la banda en las listas de modern rock de Billboard.
La idea nació de un gesto: Nina Hagen, al oír que a Kiedis le gustaba su chaqueta, se la dio.
Dar, decía, genera energía. La canción convierte esa anécdota en estribillo —“Give it away, give it away, give it away now”— y en crítica de la avaricia.
El video de Stéphane Sednaoui, con la banda pintada de plata en el desierto, hizo el resto.
Ganó el Grammy a mejor interpretación hard rock.
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Sobre “I Could Have Lied”, Kiedis ha dicho que la escribió pensando en Sinéad O’Connor. La acusación que se hace a sí mismo es simple: fue un tonto por mostrar demasiado, o por no saber callar. Frusciante toca con una ternura que el principio del álbum no había permitido.
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“Suck My Kiss” tiene un riff seco, órgano Hammond, un estribillo que parece un golpe.
Hay sexo y también una alusión a dejar las drogas.
Fue el tercer sencillo.
En tres minutos y medio resume lo que la banda vendía en 1991: sudor, humor sucio y un gancho que no se olvida.
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“Under the Bridge” fue la canción que lo cambió todo.
Kiedis, recién sobrio, se sentía solo: Flea y Frusciante se entendían con marihuana; él no.
Escribió un poema sobre Los Ángeles como compañera, sobre un puente bajo el cual compraba heroína, sobre la ciudad que “just don’t know me.”
Rubin lo convenció de cantarlo y el coro de Gail Frusciante y amigos levanta el final.
Llegó al número 2 del Billboard Hot 100.
De pronto, la banda de los calzoncillos tenía una balada que hacía llorar en la televisión.
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“Blood Sugar Sex Magik”
Rick Rubin insistió en que esa frase era el título del disco.
La canción trata el sexo como rito: Afrodita, luz sexual, “I mingle with the gods.” (“Me codeo con los dioses”)
Otra vez Carmen Hawk, pero del lado del éxtasis.
El estribillo es pesado; los versos, más bajos.
Es el manifiesto erótico que el álbum llevaba anunciando desde la portada.
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Blood Sugar Sex Magik no explotó el día de su salida. El 24 de septiembre de 1991 quedó, en la memoria colectiva, como el día de Nevermind. “Give It Away” al principio desconcertó a programadores que pedían una melodía. Luego llegaron el video, el boca a boca y, sobre todo, “Under the Bridge”. El álbum alcanzó el número 3 del Billboard 200 en mayo de 1992 y el número 1 en Australia, Canadá y Nueva Zelanda.
En Estados Unidos la RIAA lo certificó siete veces platino: siete millones de unidades (certificación de 2001). En el Reino Unido es triple platino; en Australia, séxtuple platino; en Canadá, cuádruple platino. Hay platino en Alemania, Francia, Países Bajos, Suecia, Noruega y España (doble), entre otros.
Las certificaciones suelen situarlo en torno a 10 u 11 millones; las estimaciones mundiales más repetidas hablan de más de 13 millones y, en algunas fuentes, de unos 15 millones de copias. “Under the Bridge” llegó a seis veces platino como sencillo en EE.UU.; “Give It Away”, a doble platino.
El éxito tuvo un precio interno. Frusciante, que tenía veintiún años cuando se grabó el disco, no soportó la fama que vino detrás. Abandonó la banda a mitad de la gira, en 1992, y no volvería hasta 1998. Lo que Blood Sugar Sex Magik había afinado —la canción, el silencio, la melodía dentro del funk— se resquebrajó durante años. Por eso este álbum se oye, todavía, como una cumbre y como una foto de un equilibrio que duró poco: cuatro tipos en una casa con fama de encantada, sobrios o casi, escribiendo a la vez himnos de cama, elegías a un amigo muerto y una carta de amor a una ciudad que los podía matar.
El título se recuerda mal —Blood Sugar Sex and Magic, con and y con c— porque suena a fórmula de anuncio. La k de Magik no es un adorno: apunta a esa pretensión, a medio camino entre la broma y la fe, de que el sexo, el azúcar en sangre y la música pueden ser un conjuro. Treinta y cinco años después, el conjuro sigue funcionando cada vez que un bajo de Flea entra en una radio y alguien tararea que hay que darlo todo ahora. El disco es largo, desigual y a ratos infantil.
También es el momento en que los Red Hot Chili Peppers encontraron, al mismo tiempo, el mundo y su propia voz. Pocas bandas sobreviven a ese hallazgo. Esta, a su manera torpe y brillante, lo hizo.