¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
La ciudad que no se cura
En 1985 Uruguay salía de doce años de dictadura. Había elecciones, palabras nuevas y una ciudad que no sabía muy bien qué hacer con ellas. En ese intersticio —ya no el silencio militar, todavía no la fiesta democrática que algunos prometían— un cuarteto de Montevideo ensayaba en casas y tocaba como si el país fuera un altavoz prestado. Se llamaban Traidores, o Los Traidores. Juan Casanova en la voz, Víctor Nattero en la guitarra, Pablo Dana en el bajo, Alejandro Bourdillón en la batería.
Habían aparecido en el compilado Graffiti con dos temas que ya sonaban a himno de vereda: “La lluvia cae sobre Montevideo” y “Juegos de poder”.
En la Navidad de 1985, con poca prensa, llenaron el Teatro de Verano con más de cinco mil personas.
Al año siguiente Orfeo les grabó el primer disco. Se llamó Montevideo Agoniza.
La ironía es perfecta y amarga: el long play original no incluye la canción que le da título.
Tampoco “Viviendo en Uruguay”, “Buenos días Presidente”, “Barrio rico” ni “Las noticias nacionales”.
La versión más repetida habla de una advertencia a mitad de la grabación —censura estatal o, más probable, el sello protegiéndose— que obligó a dejar afuera lo más punzante y a escribir sobre la marcha, entre otras, “Flores en mi tumba”. Grabaron en los Estudios IFU entre mayo y julio de 1986, con Alfonso Carbone como productor y Daniel Blanco en la consola.
El vinilo dura menos de media hora. Doce canciones, casi todas bajo los tres minutos. Punk de The Clash, sombra de The Smiths, new wave de barrio, voz hablada más que cantada. No es un disco de celebración. Es un parte meteorológico: sigue lloviendo sobre una capital que acababa de recobrar el derecho a quejarse.
-
Solo fotografías arranca con vidas en blanco y negro. Casanova no canta: enuncia. “En las calles de todos los días, solo fotografías / de vidas que no son vidas, que no son nada.” El bajo y la guitarra se cruzan como dos linternas en una esquina. Es la tesis del álbum en dos minutos: mirar la ciudad y no reconocerla como vida, sino como archivo.
-
Salteándome un lugar es el tema más corto del vinilo.
No quiero seguir esperando, dice, porque ya esperé demasiado. Los futuros pintados en una pared —la consigna, el mural, la promesa de la transición— no alcanzan. Después de la dictadura, el punk uruguayo no cantó victoria: cantó que el “después” también podía ser una estafa.
-
Mentiras tiene una de las letras más nítidas del disco. Qué dirán después de haber arruinado tantas vidas. Los medios, el relato oficial, la mentira que “algún día se ahorcará sola.” Nattero pone una guitarra inquieta, casi de thriller. No nombra generales ni partidos; nombra el mecanismo. Por eso no envejece.
-
En No estoy loco, la cordura es como una acusación invertida.
Quien señala el vacío es el sospechoso. En 1986, decir “no estoy loco” era también decir que el país acababa de pasar doce años llamando locura a la disidencia.
-
El clásico. El que sobrevivió a las radios los días grises. Equilibrio raro en un disco de urgencias: melodía, espacio, una frase pegada a la ciudad —“otro día en la misma pudrición”— lo bastante fuerte para ser punk y lo bastante oblicua para pasar el filtro que otras no pasaron. No describe un temporal: describe una climatología moral.
Con ustedes, La lluvia cae sobre Montevideo.
-
Bailando en la oscuridad cierra la cara A con un vaivén de cuerpos que no ven.
No es un boliche feliz; es el movimiento como defensa.
Después de la lluvia, el baile no lava nada: apenas permite no quedarse quieto.
-
Flores en mi tumba es la canción más larga (cuatro minutos) y, según Nattero, hija de la censura: hubo que escribir cuando sacaron los temas fuertes.
El resultado es el centro emotivo del disco:
“Tus palabras en mi alma, mi silencio al recordar, un epitafio muy simple, que no podrás pronunciar.”
Si el resto del LP golpea, este tema deja la marca.
-
La muerte no llega gritando; llega vestida. Hay dandismo punk en el título y una frialdad que distingue a Traidores de las bandas que solo gritaban. La elegancia, aquí, es una forma de desprecio.
Suena la maravillosa “La muerte elegante”.
-
Viviana es una reaccionaria es un retrato con nombre propio.
Viviana no es un símbolo abstracto: es alguien que eligió el lado cómodo, el órden, la reacción.
En un país que salía de la dictadura, acusar de reaccionaria a una persona concreta era más incómodo que cantarle al “sistema.”
Sin embargo, todo tiene un giro a final, cuando nos enteramos que a “sus hijos se los quitaron, no la dejaron soñar”.
Además, esa guitarra española sobre una base reggae.
-
El futuro de tus hijos es amenaza y herencia.
Qué les queda a los que vienen si esto es lo que hay.
No es un tema de esperanza generacional; es una factura pasada al porvenir.
-
Juegos de poder es el otro tema que ya venía de Graffiti y también tuvo video.
Quién mueve los hilos, quién finge que no.
La letra parece escrita ayer porque los juegos no cambiaron de tablero: solo de camiseta.
-
El cierre del vinilo es con Estoy vacío.
Confesión sin teatro.
El vacío es el saldo de una juventud que atravesó la noche militar y amaneció sin instrucciones.
El disco se va como se van ciertas conversaciones en Montevideo: de golpe, con la última frase todavía en la mesa.
-
Los temas que el vinilo no pudo decir.
La reedición de 2007 —y el EP Canciones prohibidas— devolvió lo que el LP escamoteó.
“Montevideo agoniza” tuerce el himno nacional: “Uruguayos, la patria o la tumba / con libertad o con gloria, igual van a morir.” Un riff que evoca la marcha patria y un nihilismo que en 1986 era material inflamable.
“Barrio rico” apunta a las cabezas vacías y a la cobardía tapada con dinero.
“Las noticias nacionales” mira el noticiero como maquinaria.
“Viviendo en Uruguay” habla de no haber libertad para vivir como uno quiere.
“Buenos días Presidente” saluda al poder con una cortesía que es una bofetada.
Sin estos cinco temas, Montevideo Agoniza es un gran disco post-punk.
Con ellos, es el documento que la banda quiso grabar: no solo existencialismo de dormitorio, sino un ajuste de cuentas con el presidente, el barrio, el informativo y sobre todo, el Uruguay.
-
Montevideo Agoniza no compite, en cifras. Compite en otra liga: un país de tres millones de habitantes, mercado discográfico estrecho, radios prudentes y un sello —Orfeo— que medía riesgos.
No hay certificaciones públicas detalladas del vinilo de 1986.
Lo que sí está documentado es que la reedición en CD de Bizarro Records, en 2007, alcanzó el disco de oro en Uruguay.
En las compilaciones de ventas esa marca suele equivaler a unas dos mil copias, el umbral histórico de oro en un mercado de esta escala.
Dos mil unidades no son un fenómeno global.
En Uruguay, para un disco de post-punk de 1986 reeditado dos décadas después, son una consagración tardía y justa.
-
El impacto real no se mide solo en el mostrador.
En 1986 tocaron en el Velódromo ante cuatro mil personas, otra vez en el Teatro de Verano ante seis mil y cerraron la primera edición de Montevideo Rock ante unos quince mil, en cartel con Sumo y Fito Páez.
Hicieron televisión cuando el rock local todavía pedía permiso.
Se separaron en 1988, volvieron, se volvieron a ir, grabaron Radio Babilonia y Primavera Digital, festejaron los veinticinco años del debut con shows y un DVD.
El título, cuatro décadas más tarde, no suena a pieza de museo: suena a diagnóstico que la ciudad se recita cuando llueve.
Hay una tentación de convertir Montevideo Agoniza en postal de la transición: jóvenes libres al fin, guitarra contra los militares.
El disco se resiste. No canta el fin de la dictadura; canta lo que quedó en pie cuando la dictadura se fue —la mentira, el barrio rico, el noticiero, la lluvia, el vacío—.
Por eso la censura, velada o preventiva, no es un dato pintoresco: es parte de la forma.
El álbum que salió a la calle era ya una versión amputada de sí mismo.
El que escuchamos hoy, con los bonus, está más cerca de aquella bronca que se grabó en los estudios IFU.
Los Traidores no inventaron el rock uruguayo, pero le dieron una de sus frases más duraderas: la capital agoniza, y agonizar, aquí, no es morir del todo.
Es seguir de pie bajo la llovizna, con una guitarra barata y una voz que prefiere decir antes que adornar.
Media hora de vinilo, cinco canciones escondidas y un oro tardío bastan para explicar por qué, cada tanto, Montevideo vuelve a poner este disco y reconoce el pronóstico.
Sigue lloviendo. La ciudad, por ahora, no se cura.