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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en lo alto de un peñasco azotado por el viento del norte, un faro que había sido construido hace cientos de anos y si bien el faro estaba ubicado lejos de un pueblo todos en el pueblo sabían que ese faro servia para guiar a los barcos durante las noches oscura de niebla densa como era común en aquellas épocas. Todos en el pueblo también sabían que el encargado del faro era un hombre llamado Moreo. En el pueblo realmente no tenían mucho contacto con el farero pero todos reconocían que era un hombre amable en el trato. Pero nadie absolutamente nadie lo había ido a visitar al faro ya que estaba bastante lejos para ir allí y por que Moreo no le permitía a nadie entrar en la propiedad del faro. 

Moreo como buen encargado del faro sabía que todas los días tenía que subir los ciento ochenta escalores en caracol para llegar al tope de aquel faro y encender la linterna que llevaría la luz a los barcos perdidos. 

Su rutina era muy simple. Durante la mañana subia con un balde de vinagre y agua y un cepillo. Una vez allí tomaba el cepillo y mojandolo en el balde comenzaba a recorrer meticulosamente los vidrios del faro haciendo que después de unas 2 horas estos espejos brillaran como si fuera oro Luego bajaba a la base del faro y esperaba que se comenzara a oscurecer para subir presuroso y encender las bombillas que hacían de fuente para la luz del faro. Luego sonreía y se sentaba en el borde del faro a otear la oscuridad. 

En las noches de niebla espesa, cuando las olas rugían contra los arrecifes con la fuerza de bestias ciegas, el haz dorado del faro cortaba la negrura y guiaba a los navíos perdidos de vuelta a casa. Todos en el pueblo sabían que Moreo esta allí siempre al frente de aquel faro y se sentían agradecidos de que el siempre estaba alerta. Pero realmente nadie conocía a Moreo y nadie recordaba desde hacia cuando este estaba encargado del faro. Pero si sabían algo Su devoción era absoluta: no bajaba al mercado, no recibía visitas y realmente no sabían de que se alimentaba pero nunca parecía necesitar nada.

Una noche de tormenta atroz, con relámpagos que partían el cielo en dos, el viejo sintió esa noche era realmente especial. Decidido a presenciar una noche especial subio hasta lo alto y aferrado a la barandilla con dedos decididos comenzó a mirar el oscuro océano que tenía al frente. Sus ojos experimentados alcanzaban a ver una caravana de luces de barcos que seguramente se dirigían al sur y que el sabía que estarían observando la luz del faro para así orientarse sabiendo que los faron siempre son la guía de el buen camino. Mirando hacia abajo podía ver como el mar embravecido hacia mover las luces de aquellos barcos de arriba abajo, pero algo le llamo la atención. vio algo insólito: a lo lejos, entre la bruma marina se había disipado abruptamente  y la luna llena había aparecido de repente. Toda la oscuridad se habia vuelto luz y podía ver las siluetas de aquello barcos. No eran barcos mercantes ni goletas de pesca. Cuando se acercaron pudo ver que eran barcos semidestrozados y que realmente estaban surgiendo del mar y no navegando el mar. Eran Una inmensa flota de carabelas fantasmales, con cascos podridos y velas hechas jirones, que avanzaban  en fila hacia la orilla.

Moreo comprendió finalmente que estaba pasando y recordó las palabras de su jefe en día que lo envió a cuidar aquel faro abandonado que nadie nunca recordaba quien lo había construido. Esto había sucedido hacia más de 500 anos y el había sido su cuidador desde el primer día. Su jefe le había dicho. Moreo te encargo de la más fantástica herramienta para mis propósitos. Cuidadala y usala constantemente . 

Moreo sonrio de alivio por haber cumplido su misión . Giró el mecanismo para enfocar la luz directamente hacia las rocas más afiladas y traicioneras de la costa. Las naves espectrales no buscaban puerto: eran los restos de todos los barcos que él mismo había hundido siglo tras siglo atrayéndolos a la trampa que el diablo mismo había preparado y del cual Moreo había sido su ejecutor.  

Las almas que el mar se había robado venían finalmente a castigar al naufragador, y la tripulación sin ojos trepaba los peldaños para relevarlo en la guardia eterna.

 

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