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uan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en los confines donde las arenas del desierto se encuentran con las laderas pedregosas de la montaña, un zorro de pelaje cobrizo que corría como si el mismísimo viento de la desgracia le pisara los talones. Su carrera no era la marcha grácil y astuta que suelen exhibir los de su especie; Este zorro por el contrario tropezaba con las raíces desnudas, rodaba sobre el polvo, se levantaba a duras penas con el corazón desbocado y volvía a emprender la huida, ciego de espanto y cubierto de sudor y tierra.
En lo alto de una peña, un viejo cuervo lo observaba con desconcierto. Intrigado por semejante espectáculo de desesperación, alzó la voz para detenerlo:
Hey hermano zorro dime que pasa —¿Qué calamidad te ha sucedido, para que huyas con semejante terror y el juicio tan perdido?, jamás antes te había visto en tan mala condición.
El zorro apenas se detuvo, jadeando con la lengua afuera y mirando a todos lados con pupilas dilatadas. Su mirada demostraba que tenía un miedo profundo.
—He oído una terrible noticia —respondió con un hilo de voz—. Dicen que los emisarios del rey han llegado al valle con cuerdas y cadenas, y que están atrapando sin piedad a todos los camellos para someterlos a pesadas cargas forzadas. Por eso estoy huyendo.
El cuervo soltó una carcajada ronca que resonó por todo el barranco.
—¡Si que eres bien tonto! —exclamó con desdén—. ¿Qué tienes que ver tú con una bestia de carga? ¿En qué te asemejas a un camello, si tu cuerpo es menudo, tu cola es un plumero rojizo y no portas joroba alguna? Tu pellejo está a salvo. Así que no te preocupes y simplemente dedícate a disfrutar el hecho de que no eres un camello.
El zorro sacudió la cabeza con amarga lucidez, miró fijamente al cuervo y contestó:
—Calla y no te fíes de la lógica del mundo. Bien sé que no soy un camello; pero si los envidiosos y los malquerientes van ante los guardias y juran que lo soy, estos me atraparán y me pondrán el yugo antes de que pueda pestañear. Y dime, una vez encerrado en el corral con la carga a cuestas, ¿quién se molestaría en averiguar la verdad de mi identidad para liberarme?
Sin esperar respuesta, el zorro volvió a internarse en entre los riscos de aquellas colinas de piedra, sabiendo bien que ante la arbitrariedad del poder y la ponzoña del rumor, la verdad rara vez llega a tiempo para salvar al inocente.
El cuervo quedó pensativo en su peña, masticando las palabras del fugitivo, cuando un estruendo de herraduras y gritos quebró la calma del desfiladero. Por el sendero principal avanzaban los guardias del sultán, guiados por un chacal de mirada torva que husmeaba cada matorral con afán de congraciarse con los poderosos.
El chacal, que arrastraba una vieja envidia contra el zorro por su ingenio y libertad, vio las huellas apresuradas en la arena. Con una reverencia servil ante el capitán de la guardia, señaló hacia la espesura y mintió sin pudor:
—¡Mi señor! Hacia allí ha escapado el camello más robusto y escurridizo de la comarca, disfrazado de fiera menor para evadir el servicio a la corona. Cuando lo encuentres no dudes en capturarlo y no le hagas caso a su disfraz de ser inferior, se que es un camello, pero como es tan ingenioso se puede mimetiza como otro animal.
Los soldados, impacientes por cumplir la cuota del día y sin detenerse a examinar detalles tan obvios como el tamaño o el pelaje, rodearon aquella colina donde se ocultaba el supuesto camello. No buscaban la verdad, solo algún animal que pudieran reportar como camello.
El zorro, sin embargo, ya conocía las entrañas de aquel monte. No se escondió en una madriguera ciega, sino que trepó hasta una cornisa estrecha y escarpada, inaccesible para hombres armados y cadenas pesadas. Desde allí, al ver a los guardias sin haber encontrado al animal que buscaban decidieron atar al propio chacal que intentaba señalar la roca donde se encontraba el zorro, Viendo esto el zorro alzó la voz para que todos lo escucharan.
—Cuando la codicia manda y la necedad obedece, hasta el acusador termina llevando la carga.
Con un salto certero hacia el otro lado de la sierra, el zorro desapareció en las tierras libres del norte, dejando atrás un valle donde la verdad seguía sepultada bajo el peso de la prisa y la calumnia, pero donde al menos él conservaba su pellejo, su ingenio y su libertad intacta.