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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, bajo las luces doradas de un teatro solemne, dos almas atrapadas en una disciplina implacable que les impedía tocarse. Él siempre estaba en una fila más alta, un par de pasos por detrás de ella, condenado a contemplar cada noche la curvatura perfecta de su espalda, la noble caída de sus hombros y ese aire melancólico y reservado que la volvía irresistible. La adoraba  en silencio, soñando con romper el protocolo para acercarse y rozar su cuerpo.

Ella, por su parte, tenía estrictamente prohibido girar la cabeza. La rigidez de la escena le exigía mantener la vista fija hacia el frente, atenta a las sombras del público y al maestro que gobernaba cada uno de sus movimientos. Y sin embargo, lo amaba con un fervor desesperado desde aquel primer momento. Lo había observado de reojo el primer día que había llegado, y le parecio apuesto aunque un poco alto para ella y muy delgado. A partir de aquel día no necesitaba mirarlo de frente para saber que estaba allí; sentía su cercanía en la nuca como una corriente tibia, un pulso secreto que le erizaba el cuerpo entero mucho antes de que el resto del recinto despertara. Se desvivía por su voz: un timbre penetrante, dulce y desgarrador que parecía cantar únicamente para consolar su soledad.

Durante los ensayos más íntimos, cuando todos callaban para dejarlos a solas en los pasajes lentos, sus respiraciones se entrelazaban en el aire. Era un diálogo invisible, un idilio apasionado que ambos creían que jamás llegaría a consumarse.

Llegó la noche de la gran gala. Un silencio sobrecogedor se adueñó de la sala, denso y cargado de expectación. Nadie en el escenario se atrevía a quebrar la quietud antes que él; Esa noche seria el el que tendría el privilegio sagrado dar la señal que despertara al resto del mundo. Y se sentía muy orgulloso y nervioso.

Contuvo el aliento, reunió todo su anhelo y exhaló una nota limpia, pura y ardiente que atravesó la penumbra directa hacia la espalda de su amada, entregándole el alma en una súplica final en forma de una nota musical. 

Ella sintió el impacto vibrar en su pecho. Sin necesidad de voltear, reconoció la declaración de amor que le llegaba de filas atrás,  sonrió en la sombra y respondió de inmediato con un suspiro grave y aterciopelado que se fundió con el suyo.

Aquel primer unísono no fue el final, sino el pacto que desató el fuego.

Apenas la batuta cayó con un golpe seco en el aire, la música se abalanzó como una tormenta. Violines impetuosos, timbales feroces y trompetas triunfales rugían reclamando la gloria de la sala. Pero en medio de esa marea ensordecedora, ellos que estaban allí también tejieron un mundo privado, impermeable al estruendo de los demás.

El no interpretaba las notas del papel pautado; elevaba promesas. Su voz atravesaba la marea de músicos como una saeta de fuego, incisiva y límpida, rozando los bordes de aquella amada secreta. Cada nota que él sostenía era una caricia desesperada sobre su silueta; cada vibrato, un temblor de deseo que le quemaba desde lo más profundo de su alma. No había vanidad en su canto, solo la urgencia de sostenerla en el aire para que ella lo sintiera cerca. 

Y ella, que durante años había contenido la grandeza de su canto en la penumbra del acompañamiento, se rebeló con una dulzura sobrecogedora. Ya no le importaba no poder girar el rostro. La música le ofrecía un cuerpo incorpóreo, y con él se arqueaba hacia atrás, envolviendo el llamado de su amante en una atmósfera tibia, densa, de terciopelo y sombra. Respondía a cada una de sus frases con un contrapunto tan ceñido que parecía deslizarse por su cintura, besándole la raíz de cada sonido. Los dos ejecutantes, ajenos a la pasión clandestina que los consumia se sentían sin mirarse de frente y se asombraban s por la extraña electricidad que brotaba del centro del escenario.

Llegó entonces el clímax del tercer movimiento: un pasaje donde la partitura exigía que ambos callaran de golpe, dejando que el eco muriera en la bóveda del teatro. La orquesta entera enmudeció.

En esa fracción de segundo robada a las reglas del mundo, cuando los aplausos aún no tenían permiso para nacer y el silencio era absoluto, ocurrió el milagro. Sus cuerpos, cargados de la misma frecuencia exacta, continuaron resonando por la magia del amor. Sin aire ni arcos, vibraron juntas sin que nadie los pudiera detener bajo la mirada extravida del director , fundidas en una misma nota tibia que nadie más pudo oír, demostrando que dos prisioneros condenados a no mirarse podían amarse con la fuerza devoradora de un acorde eterno.

Allí, bajo los aplausos que estallaron como el rugido de una tormenta  ninguno de los dos vestía de carne y hueso: el amante fiel no era otro que el oboe, y la doncella que por fin se entregaba a su llamada era la viola, unidos para siempre en la armonía perfecta.

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