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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en las entrañas humeantes del monte Etna, un taller donde el tiempo se medía por el repiqueteo del bronce y el rugido de las brasas. Este era el lugar favorito de Vulcano, el dios herrero, Allí trabajaba sin descanso junto a sus leales artesanos. Aquellos hombres de piel curtida y músculos tensados por el carbón golpeaban el hierro incandescente con un ritmo hipnótico, forjando armaduras invencibles en medio de una penumbra rota solo por el resplandor anaranjado del fuego.

Como es de esperarse en un ambiente de forja, El aire estaba cargado de sudor, ceniza y polvo de metal. Nada interrumpía jamás la faena cotidiana de la fragua, hasta que una claridad insólita comenzó a filtrarse por el umbral de piedra. No era el destello salvaje de una chispa, sino una luz dorada y etérea que apagó las sombras del taller.

Envuelto en un manto anaranjado y coronado de laurel, el joven dios Apolo hizo su entrada. Su piel inmaculada contrastaba brutalmente con los torsos sudorosos y tiznados de los herreros. Con un gesto altivo y sereno, levantó la mano pidiendo silencio.

Los martillos se congelaron en el aire a medio golpe. Los ayudantes de Vulcano, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados, clavaron la mirada en el recién llegado, incapaces de procesar semejante intromisión celestial en su rudo santuario subterráneo. Vulcano con el martillo en su mano mira extrañado a Apolo y con su mirada le invita a revelar la razón de su visita.

Apolo no tardó en soltar la ponzoña vestida de revelación. Con voz clara, declaró lo que sus ojos, que todo lo veían desde lo alto del firmamento, habían descubierto momentos antes: Venus, la diosa de la belleza y esposa del herrero, yacía en ese mismo instante en brazos de Marte, el fiero dios de la guerra.

El silencio que siguió a sus palabras fue más pesado que el yunque más grande del taller. Vulcano sintió cómo el calor de la fragua se trasladaba a su propio pecho, no como fuego creador, sino como una punzada de incredulidad y furia. Apretó las tenazas con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, mientras su rostro, ceñudo y atónito, intentaba asimilar la traición.

En ese instante eterno, el hierro que sostenía sobre el yunque comenzó a enfriarse lentamente, pero en los ojos oscuros del dios herrero acababa de encenderse una llama mucho más peligrosa: la de una fría y paciente venganza.

Tras la marcha de Apolo, Vulcano no derramó una sola lágrima ni arrojó el martillo con rabia ciega. El fuego de su furia se transformó en pura disciplina artesanal. Despidió a sus ayudantes y se encerró a solas en la fragua durante días enteros, decidido a utilizar su mayor virtud —el ingenio— para castigar a los amantes.

Sobre el yunque no forjó espadas ni escudos, sino hilos de bronce tan finos y maleables como una telaraña, pero irrompibles como el diamante. Eran invisibles a simple vista, ligeros como el polvo y capaces de resistir la fuerza de un titán.

Vulcano subió al monte Olimpo fingiendo partir a un largo viaje y colocó con sigilo la sutil red de bronce alrededor del lecho matrimonial. Los hilos quedaron suspendidos de las vigas del techo y ocultos entre los pliegues de las sábanas, listos para cerrarse ante la menor presión.

Apenas el herrero se alejó, Marte acudió al palacio al encuentro de Venus. En cuanto ambos se entregaron al abrazo sobre el lecho, los lazos de metal cayeron en silencio. La trampa se cerró de golpe, aprisionando a la diosa de la belleza y al dios de la guerra en una maraña tan estrecha que ni siquiera podían mover un dedo.

Fue entonces cuando Vulcano abrió las puertas de par en par y convocó a todos los dioses del Olimpo para que presenciaran la escena. Júpiter, Mercurio, Neptuno y el propio Apolo acudieron al llamado. Al ver al imponente dios de la guerra y a la radiante Venus completamente inmovilizados, ridículos y expuestos en su propia falta, el cielo entero estalló en carcajadas.

La humillación pública fue el castigo perfecto. Marte, consumido por la vergüenza, huyó a las tierras de Tracia en cuanto fue liberado, mientras Venus se refugió en la isla de Pafos. Vulcano, satisfecho, regresó a su fragua bajo el volcán, demostrando a todo el Olimpo que la fuerza bruta y la belleza altiva jamás podrían doblegar la astucia de un creador herido.

 

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