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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en una pequeña ciudad de tejados empinados y calles adoquinadas, un anciano llamado don Mateo. Vivía en la planta alta de una vieja casona de madera, justo encima de la plaza mayor. Todo el pueblo acudía a él cuando el peso de la vida se volvía insoportable: amores contrariados, negocios en la cuerda floja o disputas familiares sin aparente solución. Los vecinos subían las crujientes escaleras buscando una sentencia luminosa, una guía infalible que les dijera qué camino tomar.
Sin embargo, don Mateo nunca abría la boca para ordenar el destino de nadie. Se sentaba junto a la ventana, bajo la luz suave de la tarde, con una lupa de aumento en una mano y unas pinzas de punta fina en la otra. Frente a él, extendidos sobre terciopelo negro, reposaban cientos de sellos postales de todos los rincones del planeta: diminutos grabados de imperios extintos, barcos de vapor, aves exóticas y cordilleras lejanas.
Un día, un joven comerciante llegó al taller al borde de la desesperación. Se debatía entre vender su tienda para cruzar el océano o quedarse a sostener el negocio familiar en decadencia.
—Don Mateo, dígame qué hacer. Si me quedo temo arruinarme, y si me marcho temo arrepentirme toda la vida. Usted ha vivido tanto... deme un consejo.
El anciano no desvió la mirada del sello que examinaba con minucia: una pieza azul con bordes dentados de 1890.
—Yo no aconsejo —respondió con voz pausada y serena—. Colecciono sellos. Para dar consejos, es necesario estar completamente seguro de que los consejos son buenos y, para eso, es necesario estar seguro (de lo que nadie en absoluto lo está) de estar en posesión de la verdad.
El comerciante frunció el ceño, buscando una respuesta práctica, pero don Mateo continuó sin apresurarse:
—Y luego es necesario saber si esos consejos se adaptan al individuo al que se le dan, para lo cual es necesario conocer toda su alma, lo que casi nunca es posible. ¿Cómo podría yo pretender conocer los recovecos de tu espíritu, tus miedos más secretos y las fuerzas que te mueven? Y también hay que tener en cuenta que el modo de dar consejos debe adaptarse exactamente a aquella alma; se aconsejan a veces cosas que no quieren que se hagan para que, combinadas con elementos del alma aconsejada, se obtenga el resultado que se desea. Ese es un cálculo imposible. Solo la gente muy ingenua da consejos.
Don Mateo tomó el sello con las pinzas, lo deslizó con pulso firme dentro de una funda transparente y miró por fin a los ojos del joven.
—Cada persona es como una carta sellada que viaja por su propia ruta. Yo solo me dedico a contemplar las estampillas de los viajes ajenos, pero el contenido de la carta y el rumbo del camino solo le pertenecen a quien la lleva en el pecho.
El joven permaneció en silencio unos instantes. Al no recibir un mandato externo en el cual recargar su incertidumbre, comprendió que el peso y la libertad de su propia vida estaban, irremediablemente, en sus manos. Dio las gracias con una leve inclinación de cabeza y bajó las escaleras, dejando al viejo coleccionista a solas con sus pequeños fragmentos de mundo.
Cuando los pasos del joven se apagaron en el último peldaño de la escalera, la casona exhaló un suspiro de madera tibia. Don Mateo no volvió de inmediato a su labor. Se quedó inmóvil frente al terciopelo azul noche, escuchando cómo la lluvia acariciaba las tejas con el ritmo pausado de un reloj de agua.
De pronto, un crujido suave rompió el silencio. No venía de la puerta, sino del rincón más sombrío del ático, donde los álbumes encuadernados en cuero reposaban como murallas contra el olvido. Entre las sombras emergió una figura menuda, envuelta en un abrigo empapado y con los ojos brillantes de una urgencia distinta. Era una mujer joven, de paso ligero pero espíritu agitado, que llevaba esperando su turno oculta tras los estantes.
—Lo escuché todo, don Mateo —dijo ella con voz trémula, acercándose a la mesa—. Dice que no aconseja porque no conoce el alma ajena. Pero yo no vengo a pedirle que decida mi vida. Vengo a pedirle que me preste sus ojos.
Don Mateo no mostró sorpresa. Con un ademán sereno, la invitó a sentarse en el taburete de terciopelo gastado frente a él. La lámpara de aceite proyectó sobre el rostro de la recién llegada una calidez ambarina.
—Dígame, don Mateo... si nadie puede saber el rumbo de la carta antes de abrirla, ¿por qué guarda con tanto celo los sellos de cartas que ya llegaron a su destino? ¿Qué busca en ellos si no son una respuesta?
El anciano sonrió apenas, una curva sutil que arrugó la comisura de sus ojos. Tomó con las pinzas de plata una pequeña estampilla de color violeta pálido, emitida medio siglo atrás en una isla remota que ya no figuraba en ningún mapa. Al acercarla a la llama, el grabado pareció cobrar vida: la silueta de un faro sobre un acantilado destelló con una luz propia, proyectando diminutas chispas doradas sobre la madera.
—Míralo bien —susurró don Mateo, pasándole la lupa—. Los sellos no dicen qué mensaje llevaba el papel, ni si traía albricias o desventuras. Solo dan testimonio de que la carta fue entregada al camino. Soportaron la humedad de las bodegas de barcos, el polvo de los carruajes y las manos temblorosas de quienes los cancelaron con tinta.
La mujer miró a través del cristal. Por un instante no vio solo tinta y papel, sino la inmensidad del océano y el rumor de olas distantes que parecían batir contra el borde de la mesa.
—La gente busca atajos y profecías —continuó el anciano con voz suave—, porque temen el peso de su propia libertad. Quieren que un tercero trace el mapa para poder culpar al guía si la marea los extravía. Pero la única magia que no traiciona es la del viaje en sí, con todos sus naufragios y sus puertos imprevistos.
Don Mateo guardó el sello violeta en su estuche y cerró el gran libro con un golpe sordo y definitivo que levantó una tenue nube de polvo brillante.
—Vuelve al camino —concluyó el viejo coleccionista, fijando en ella una mirada serena y lúcida—. Deja de buscar a quien te diga cómo escribir la carta. Lo único que necesitas es el coraje de sellarla y echarla al viento.
La mujer permaneció un momento en silencio, sintiendo cómo el nudo en su pecho se desataba en una certeza tranquila. Asintió despacio, se levantó sin decir palabra y bajó hacia la noche lluviosa.
Arriba, en el ático, la luz de la lámpara parpadeó levemente cuando don Mateo tomó una nueva estampilla del montón: una pequeña ala dorada que parecía lista para emprender el vuelo.