Todos tenemos estrés. Lo que casi nadie sabe es que hay tres tipos, y a dos de ellos ni siquiera les llamamos estrés.
Está el alto, el que todos reconocemos: acelerado, ansioso, corriendo hacia todos lados sin saber muy bien hacia dónde.
Está el óptimo, que es el que hace falta para hacer bien lo que uno hace. Y está el bajo. El de la desmotivación y la pereza. El de saber que eres bueno para algo y que no te sale, porque te falta la energía para hacer lo que tienes que hacer. A ese casi nadie lo llama estrés, y lo es.
Hay otra cosa que tampoco sabemos: que se nos nota en una palabra. Me entiendes, me entiendes, me entiendes. ¿Me explico? Sí me explico. Muy, muy, demasiado, exageradamente muy. Todos tenemos una. La repetimos cuando vamos al límite y llevamos años sin oírnos hacerlo. César confiesa la suya al aire.
En este programa:
Los tres tipos de estrés, con ejemplos para reconocer en cuál estás
La muletilla que te delata, y por qué la gente cercana la detecta antes que tú
Las señales de que llevas tiempo funcionando con un estrés constante — dolor de cabeza que no cede, tensión que vuelve cada vez que piensas en cierta persona, cansancio que no se arregla durmiendo
Y una idea que César suelta de paso y que explica más de lo que parece: amiga de la perfección, amiga del estrés. Querer que todo esté impecable tiene un precio, y hay quien lo paga entero
Si últimamente andas sin ganas y lo estabas llamando flojera, escucha esto.
Cualquier síntoma físico persistente merece que lo revise un médico. Esto es una conversación, no un diagnóstico.
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