Este viernes de octubre, el Congreso de los Diputados ha tumbado los dos decretos sobre la vivienda con los que Pedro Sánchez trató de recuperar la iniciativa política y sacudirse el desgaste por la crisis de Ceuta. El Gobierno de las mil vidas, el Gobierno que nunca dimite, creyó que el desahucio de una anciana en el centro de Madrid podía ser la palanca para reconciliarse con su electorado natural y, de paso, con los socios que le habían dejado en un limbo legislativo.

Sin embargo, toda la catarsis callejera (que la propia Moncloa ha alentado estos días) se le ha vuelto en contra. Junts, el partido del fugado Puigdemont, no ha querido transigir con los decretos de vivienda que hostigaban a los propietarios y los ha tumbado con sus famosos siete votos. Los mismos que le sirvieron a Sánchez para poner en marcha una legislatura que jamás debió comenzar, con una mayoría parlamentaria que jamás debería haber presumido de ser mayoría y que jamás debió presumir de ser progresista.

Muchos parecen haber descubierto hoy que Junts es un partido de derechas. Sánchez está acorralado por la corrupción y ni la catarsis social que han buscado alimentar con el problema de la vivienda les ha servido para volver a traccionar en el ámbito legislativo. El presidente del Gobierno, el hombre de los mil golpes, ha recibido el peor de ellos: Puigdemont, al que está a punto de amnistiar, no ha salido a su rescate cuando más lo necesitaba.

Ahora, otra vez, Sánchez hará de la necesidad virtud, y tratará de demonizar a la derecha, pero el golpe es tan grande que su entorno ha anunciado que se va a tomar el fin de semana para decidir si adelanta las elecciones. Ya se encerró cinco días en Moncloa cuando supo que investigaban a su mujer. Aquello fue un paripé para volver a la carga con la teoría de la máquina del fango y las andanzas de Leire Díez. Este viernes de octubre será un día recordado, porque Sánchez ha anunciado su segunda reflexión.

Lo analizamos en Objetivo directo con Sergio Barbosa, Fran Serrato, Rocío Regidor, Esperanza Aguirre, Carlos Dávila y Benito Arruñada.

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