Hay una escena que se repite obstinadamente desde hace siglos en la literatura. Un hombre camina por una calle desierta. Levanta la vista y descubre, al otro lado de la plaza, a alguien que se le parece demasiado. No es un hermano. No es un amigo. Es él mismo. O alguien que ocupa su lugar. O alguien que está a punto de arrebatárselo.
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