Hay un silencio que no nos aparta del mundo, sino que nos lo devuelve. La meditación no fue, para Siddhartha Gautama, un refugio frente a la existencia, sino el lugar desde donde pudo mirar con claridad el sufrimiento humano y desafiar, mediante una leal oposición, las formas de vida que lo perpetuaban. La verdadera contemplación no nos vuelve espectadores. Nos hace más permeables a la presencia de las cosas, más vulnerables al dolor ajeno, más responsables de nuestro modo de habitar la tierra.

Quizá por eso la karuṇā no es una virtud que se cultive. Es el perfume natural de una mirada que ha dejado de separarse del mundo.

Donde hay auténtico silencio, no hay evasión. Hay una intimidad más honda con el ser de las cosas.

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