¿Y si el proceso de individuación del que hablaba Jung fuera, en el fondo, un antiguo camino de reconocimiento?
Las Upanishads afirman que la liberación acontece cuando el ser humano descubre que su verdadero Yo no está separado del mundo: “Cuando el sabio ve su yo en todos los seres y todos los seres en su yo, entonces se libera de las fauces de la muerte.” (Isha Upanishad).
Esta intuición dialoga de manera sorprendente con la psicología de Jung. El self no es el ego engrandecido, sino la totalidad de la psique, ese centro y circunferencia que trasciende a la conciencia. Pero para aproximarnos a él es necesario retirar las proyecciones con las que hemos fragmentado el mundo, reconocer que aquello que nos fascina o nos perturba afuera suele ser también un fragmento olvidado de nosotros mismos.
La alquimia llamó a este movimiento solve et coagula: primero disolver las identificaciones que aprisionan a la conciencia; después, reunir lo disperso en una unidad de un orden superior. No se trata de regresar al punto de partida, sino de una transformación que recuerda el Aufheben de Hegel: negar, conservar y elevar simultáneamente.
Quizá la individuación no consista en construir un yo más fuerte, sino en recordar una unidad que siempre estuvo ahí, oculta bajo el juego de las identificaciones.
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