Hoy, en Ciega y repicando, un viejo reloj de péndulo nos recuerda que hay sonidos que, de tan cotidianos, llegan a formar parte del silencio de una casa.
Durante años marcó las horas sin descanso, mientras unas manos pacientes le daban cuerda cada día. Era un gesto sencillo, casi invisible, de esos que parecen no tener importancia... hasta que un día el reloj deja de sonar.
Este episodio habla de los recuerdos, de las pequeñas rutinas y de esas personas que, sin hacer ruido, sostienen parte de nuestra vida.
Porque a veces solo comprendemos el valor de algo cuando deja de estar.
Se acaba el café… pero la conversación sigue el domingo.
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