El 10 de agosto en la mañana estábamos en Santa Cruz de Mompox, Bolívar. Sentimos un temblor suave, pero de repente una cadena de llamadas desesperadas nos enfrentó a la realidad: en otras zonas de Colombia el suelo se había movido como no lo hacía desde hace décadas. En cuestión de minutos, las imágenes y los videos en redes sociales fueron revelando la magnitud de lo que estaba pasando.
Lo que en ese momento creíamos urgente dejó de importar y entre la incertidumbre y la angustia, tomamos la decisión de viajar a Medellín y luego a Pereira. Fue uno de esos recorridos que nadie quisiera hacer jamás; de los que te confrontan con el dolor, la pérdida, la injusticia y la impotencia. De los que te obligan a mirar la vida y la muerte al mismo tiempo.
Llegamos a acompañar, a abrazar y a intentar ser un sostén en medio de días profundamente grises. Han pasado dos semanas que parecen una eternidad, y sabemos que esto es apenas el comienzo de un proceso de reconstrucción muy largo.
Hoy nos sentamos frente al micrófono con el corazón abierto para permitirnos sanar a través de las palabras —como lo hemos hecho antes— y recordarles, y recordarnos, que en medio de la tormenta, somos muchos dispuestos a sembrar esperanza. Sigamos siendo refugio mutuo.
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