Durante años, a los socializados varones se les vendió una idea tan simple como injusta: “el hombre siempre quiere”. Como si el deseo sexual masculino fuera una especie de motor eterno, automático, lineal, sin contexto, sin cansancio, como si el cuerpo masculino no tuviese permitido apagarse, dudar, angustiarse, aburrirse, enfermarse o simplemente no tener ganas.
Entonces cuando baja el deseo, cuesta excitarse, se registra un menor interés por el sexo, o el sexo ya no “funciona” como antes, enseguida se enciende la alarma. Cuando un varón deja de encajar en el mandato de potencia permanente, no solo se pone en juego su sexualidad: se tambalea una identidad entera. La idea de masculinidad hegemónica sigue atada al rendimiento, la erección, la iniciativa, la capacidad de desear, conquistar y responder. Todo lo demás se lee como falla.
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