Jesús no vino a complicarnos el camino hacia el Padre, sino a enseñarnos a recorrerlo como hijos: con confianza, alegría y libertad de espíritu. En el Evangelio, mientras algunos se fijan en quién ayuna y quién come, Jesús vuelve a poner lo esencial en el centro: el Esposo está con nosotros. Cuando sabemos que pertenecemos a Dios, podemos descansar en Él y vivir la oración, el sacrificio y la fidelidad no desde el miedo o el simple cumplimiento, sino desde el amor.
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