¿Qué te gustaría dejarles a las próximas generaciones: bienes materiales o una fe que transforme sus vidas? La herencia puede abrir puertas, pero el legado es aquello que permanece en el corazón: los principios, los valores, el carácter y la fe que sembramos en otros. La historia del hijo pródigo nos recuerda que lo más valioso que recibió de su padre no fueron sus bienes, sino el ejemplo de generosidad, bondad, perdón y amor incondicional que lo esperaba en casa. David también dejó un legado que iba mucho más allá de un trono: su pasión por la presencia de Dios, su adoración y su deseo de agradarlo. Sin embargo, la historia de Salomón nos muestra que recibir una herencia no garantiza que conservemos el legado; cada generación debe decidir qué hará con aquello que ha recibido. Como iglesia, nuestro legado no se trata de reconocimiento, fama o influencia, sino de vivir por fe, obedecer la voz de Dios, hacer discípulos, perseverar en la oración y no cansarnos de hacer el bien.

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