Una persona puede ser testigo de muchas cosas. Pero ver y dar fé de un acto no solo ilegal, sino históricamente atroz, no pasa todos los días.
Héctor Herrera tenía solo 19 años de edad y trabajaba en el registro civil chileno cuando llegó el golpe de estado que puso a Pinochet al mando de su país. Unos días después, Héctor encontró un cuerpo que le resultó conocido. Pudo haberse quedado callado, pero en su lugar alzó la voz y contribuyó enormemente a la memoria histórica de Chile.
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