Santa Cruz de Tenerife empezaba a vestirse de Navidad. Era viernes, 18 de diciembre de 1970, y en las calles del centro se mezclaban los recados de última hora, el ruido de los comercios y esa luz limpia del invierno canario que parece alejar cualquier idea de oscuridad. Pero en la primera planta del número 37 de la calle Jesús Nazareno, detrás de una puerta cerrada desde hacía casi dos días, el tiempo se había detenido.
Cuando los policías entraron en la vivienda, encontraron muebles destrozados, documentos convertidos en tiras de papel y manchas de sangre en las paredes. Después vieron los cuerpos de tres mujeres. Una madre y dos de sus hijas. Habían sido asesinadas, mutiladas y abandonadas en distintas habitaciones mientras, según confesarían los responsables, un padre tocaba
música religiosa y su hijo adolescente aseguraba estar liberándolas del demonio.
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