Un enfermo de tuberculosis acude, desesperado, a una curandera. Ella le dice que hay un remedio milenario para curarse: beber la sangre de un niño y arrancarle sus mantecas para ponérselas sobre el pecho. El enfermo la cree y paga por el asesinato del niño para beber su sangre mezclada con azúcar. Este crimen espantoso fue el resultado de la miseria, el engaño, la ignorancia y la superstición. Fue un aviso de lo imprescindible que es la escuela y la ciencia.
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