Aun antes de nacer, éramos parte de una familia: la familia de nuestros padres celestiales. Ese modelo continúa en la tierra. Las familias aquí, en su mejor versión, tienen por designio replicar el modelo perfecto del cielo.

Desde luego, no hay garantías de que las familias terrenales serán ideales o siquiera funcionales, pero, como enseñó el presidente Henry B. Eyring, las familias “brindan a los hijos de Dios la mejor oportunidad de ser acogidos en el mundo con el único amor en la tierra que se acerca a lo que sentimos en el cielo: el amor de los padres” (“Congregar a la familia de Dios”, Liahona, mayo de 2017, pág. 20). Sabiendo que las familias son imperfectas y que están sujetas a los ataques del adversario, Dios envió a Su Hijo Amado para redimirnos y sanar a nuestras familias; y mandó profetas de los últimos días con una proclamación para defender y fortalecer a las familias. Si seguimos a los profetas y ponemos la fe en el Salvador, aun cuando las familias terrenales no alcancen el ideal divino, hay esperanza para las familias tanto en la tierra como en el cielo.

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