Hay nombres que no se olvidan. No porque el tiempo se detenga, sino porque aprendieron a vivir en la memoria. Grisel es uno de ellos.
No es solo una mujer. Es la metáfora del deseo contenido, de las palabras que nunca se dijeron y de las miradas que hablaron más que cualquier confesión.
Dicen que el erotismo comienza mucho antes del contacto. Empieza en la imaginación, en la espera, en el perfume que permanece cuando la otra persona ya se ha ido. Grisel representa ese instante suspendido donde el corazón y la mente juegan a encontrarse.
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