Un corazón hedonista —gobernado por pasiones y deseos contrarios a la voluntad de Dios— es una garantía segura de conflicto: destruye matrimonios, divide familias, quiebra la convivencia vecinal y fractura nuestra comunidad de fe. Por eso, tú y yo, como nuevas criaturas revestidas con el poder del Espíritu Santo, estamos llamados a cultivar activamente el dominio propio, que es parte del fruto del Espíritu en nosotros.
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