El evangelio produce cambio. No se trata solamente de cambiar cosas externas en la iglesia, sino de permitir que Dios transforme nuestra mente y nuestra manera de vivir. 

Si queremos que más personas conozcan a Jesús, no podemos quedarnos cómodos. Tenemos que estar dispuestos a cambiar, crecer, sacrificarnos y hacer espacio. Estamos dispuestos a incomodarnos porque sabemos que hay personas que necesitan encontrar a Dios. 

El crecimiento cuesta, pero vale la pena cuando lo hacemos para que uno más pueda conocer a Jesús.


 


 

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