Ni en aquel descenso, ni tampoco en aquel otro, ni siquiera con un taconazo frívolo de Miku o un cruce de cables de Mackay, o cuando nos violentaron los intereses espúreos arremolinados alrededor de Fuenlabrada, o tantos otros episodios desdichados que llevamos a la espalda y que superamos con la resignación de que en el Deportivo confluyen lo patético mas también lo glorioso y por eso sabíamos que, aunque no las necesitásemos, nuevas alegrías aparecerían para sanarnos. Nunca la tristeza se nos quedó atragantada porque, a fin de cuentas, nuestro deportivismo era necesario y lo demás era contingente. Hasta ahora. Ahora, en la cúspide de la ilusión tras un regreso que, a base de dispendios en el feirón, sí grita “élite”, el Deportivo, o al menos quien lo gestiona, nos da la patada de Leónidas y nos empuja al vacío mientras grita “This is Abanca!”. Como el adolescente que se avergüenza de sus orígenes y los disimula para encajar en una nueva pandilla de amigos, la propiedad del Deportivo pretende que quienes lo soportamos hasta ahora seamos más ricos y nos comportemos en público para que la alta sociedad no cuchichee y no nos señale con disgusto desde los palcos. Los cálculos del club determinan que es sencillo reemplazar a la masa social harapienta que aún tiene barro pegado en la ropa y huele a Primera Comemierda para que la sustituya otra fascinada por el brillo y la exclusividad de los nuevos tiempos en Riazor. Gente a la que le seduce ver al Real Madrid pero no al Tudelano, dispuesta a sustituir a gente que durante todo este tiempo lo único que ha querido ver ha sido al Deportivo independientemente del rival y de las circunstancias. ¡Cuánto sufrimos, Martín! Podcast, Benjamín y Manuel, convertidos a su pesar en cronistas de guerra, abandonados en territorio comanche, pensando en que sin haberse movido de su sitio en décadas, el Deportivo sí parece dispuesto a hacer todas las contorsiones posibles para desplazarlos y que un día, sin que ellos sepan todavía muy bien el porqué, el portón de Riazor se les cierre en las narices. “Quien bien te quiere te hará llorar”, decían. El problema es que nos dan ganas de llorar porque el Deportivo no nos quiere.
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