15 de septiembre de 2008. Se cumplen ya 18 años desde que Lehman Brothers presentó su declaración de bancarrota, un episodio que no solo representó la mayor quiebra en la historia estadounidense y el cierre de una firma con más de siglo y medio de trayectoria, sino también el golpe más duro que había recibido la economía mundial desde el crack de 1929. Fue el punto final de la prosperidad económica que había caracterizado a los primeros años del nuevo milenio. Quedó grabada para siempre la estampa de miles de trabajadores abandonando las oficinas con cajas de cartón, reuniendo en cuestión de horas sus pertenencias. Alrededor de 25.000 personas perdieron su empleo casi de forma inmediata.
Cuando se produjo el colapso, Lehman acumulaba aproximadamente 613.000 millones de dólares en deudas frente a unos 639.000 millones en activos, además de 136.000 millones de dólares en pagarés sin liquidar. Ni la administración estadounidense ni ningún fondo privado acudieron a salvarla. Henry Paulson, al frente de la Reserva Federal en ese momento, fue tajante al señalar que no existían respaldos suficientes para intervenir. Barclays no logró el visto bueno de los reguladores británicos ni de sus propios accionistas, mientras que Bank of America decidió centrarse en la compra de Merrill Lynch en su lugar.
Aquello, sin embargo, no fue más que el arranque de una crisis mayor que llevaba años gestándose silenciosamente. Si hoy son los algoritmos y la inteligencia artificial quienes marcan el pulso bursátil, en aquella época eran los productos hipotecarios los verdaderos motores del mercado. La chispa que encendió todo fueron las hipotecas subprime, préstamos de riesgo elevado otorgados en Norteamérica a personas con historiales crediticios débiles o sin comprobar debidamente su solvencia. El problema se agravaba con los bonos respaldados por hipotecas, cuya rentabilidad dependía enteramente de que los deudores siguieran pagando.
Cuando los impagos comenzaron a dispararse, el sistema tardó en reaccionar. Solo un puñado de inversores anticipó el desastre, historia narrada en la película La Gran Apuesta, protagonizada por figuras como Michael Burry, quien con el tiempo se convirtió en una referencia para interpretar las turbulencias financieras. Queda la pregunta: ¿hemos aprendido la lección o repetiremos los mismos errores?
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